LA FUTILIDAD DE CONFIAR EN NUESTRAS OBRAS.

 

La salvación se gesta en el corazón de Dios, no en el corazón del hombre. Esto es, Dios es quien la prescribe y quien la aplica luego al corazón del hombre (Sal 3:8; Eze 36:25-27).

 

Ni la voluntad del hombre ni sus obras ganan mérito en éste asunto, puesto que Dios ha tenido esto en Su Santo, Bondadoso y Soberano corazón desde antes de la creación del hombre, y por supuesto, antes de su caída.

 

Dios ha considerado a los suyos desde antes de la Fundación del mundo (Efe 1:4-7), antes de que cualquiera de nosotros naciera, y por lo tanto es indiferente que obrararamos bien o mal en cuanto a su elección (Rom 9:11-13), por eso es llamada salvación por gracia (Efe 2:8-10).

 

Nadie existe -mas que en el preconocimiento Divino- en el momento en que Dios decide sobre quienes derramará el provecho de su gracia para redención y vida eterna. Si ninguno de nosotros existe en ese punto, ninguno de nosotros  pudo intervenir o haber hecho algo para dar como resultado la elección divina a nuestro favor. Dios no está coaccionado ni por nuestra miseria, que es grande, ni por nuestros méritos, que son ningunos.

 

Cuando llegamos a existencia, y después de la caída de Adán, el pecado es lo único que viene a ser nuestra modalidad de vida (Gen 6:5, Ecl 7:20), y como es lógico ver, no pudimos nosotros escoger a Dios antes de nacer, ni pudimos escogerlo después de nacer, siendo que nadie busca a Dios (Rom 3:10-11).

 

La Escritura define nuestra condición como “muertos en delitos y pecados” (Efe 2:1), por cuanto todos hemos pecado (Rom 3:23), lo que nos hacía “por naturaleza hijos de ira” (Efe 2:3). De modo que lo único que realmente merecemos es la muerte, pues es el debido pago por el pecado (Rom 6:23a), constituyéndose así la vida eterna como un regalo divino (Rom 6:23b), y no un trofeo por nuestras buenas obras o nuestra decisión.

 

De modo que nadie debe obrar para que Dios le considere digno de salvación.

 

Nadie puede comprar la consideración de Dios con buenas obras porque todas nuestras justicias y buenas obras son trapos inmundos delante de Él (Isa 64:6), obras inmundas por cuanto no llenan el elevado estándar de santidad y perfección del Dios de justicia; mas bien, al ser salvos por Dios empezamos a obrar bien como resultado de ello (Rom 6:22), es decir, no somos salvos POR nuestras obras sino que hemos sido salvos PARA que andemos en esas obras (Efe 2:10).

 

Él no está recompensando a nadie con la salvación, pues nadie le ha dado nada a Él primero para que deba recompensar con vida eterna (Rom 11:35).

 

La vida eterna debe ser y es otorgada por gracia, lo que necesariamente la convierte en una dádiva divina, un misericordioso y bondadoso regalo de Dios, para que al fin la gloria y el honor sean sólo de Él, por Él y para Él (Rom 11:36).

 

 

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Autor: Daniel Troncoso Pérez

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